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28-9-2013|10:35|Caso Grassi Enrique StolaEntrevistas
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El sacerdote abusador está detenido desde esta semana

“Grassi es manipulador, autoritario y tiene muchas máscaras"

El psiquiatra Enrique Stola estuvo desde el primer momento junto a Gabriel y Ezequiel. Son los dos jóvenes que lograron condenar, con sus testimonios, al cura Julio César Grassi. Cuenta acá todas las presiones, dificultades y aprietes que vivieron en once años que lleva la causa.

Por: Laureano Barrera

Quince minutos le bastaron a Enrique Stola para caer en la cuenta de que había algo que podía hacer. Fue el 22 de octubre de 2002. En la tele, en el primer bloque de Telenoche Investiga se desenmascaraba los delitos sexuales del cura Julio César Grassi. “Estaba tan azorado con lo que veía como el resto de la gente”, recordó el psiquiatra, que fue acompañante terapéutico de Gabriel y Ezequiel, las víctimas del cura pedófilo, en una charla con Infojus Noticias. “En la pausa le mandé un mensaje a Miriam Lewin ofreciéndole colaboración, pero pensando en una psicología más institucional, de asesorar a la gente que estaba trabajando en casos como ése. El domingo siguiente recibí un mensaje de Miriam –a quién conocía por mi militancia previa en derechos humanos- diciéndome que aceptaba el ofrecimiento y que le diera un turno”.

Un martes, a la hora de la siesta, llegaron a su consultorio Gabriel, uno de los jóvenes denunciantes y una mujer, que había participado de la investigación y era entonces su “guardadora”. Tuvo una larga entrevista con el chico –entonces tenía 19 años-. Lo escuchó y le hizo preguntas, y tomó la decisión de ayudarlo. Gabriel quiso saber por qué.

-Porque yo decido por quién jugarme- le contestó Stola.

“La respuesta le gustó”, rememora. Stola acompañó a Gabriel en los trámites de emancipación. Para lograrla, le requirieron la tercera pericia psicológica en un lapso de veinte días. Unos días más tarde la propia jueza de la causa le pidió que contuviera además a Ezequiel, el joven de 15 años que también había sido abusado por Grassi, y a partir de entonces los acompañó.

-¿Qué lo impulsó a involucrarse con el caso?

-Yo había tenido desde muy temprano un compromiso con lo social y político, había sido militante de organizaciones de derechos humanos. Además, nunca me quedé paralizado ante el poder. Sí tuve miedo, más de una vez, pero nunca me detuvo.

Stola es peronista “desde los cinco años”, dice, cuando veía a los chicos salir con comida de la escuela y eso, después de la caída de Juan Perón, se cortó. Se fue a estudiar Medicina a Córdoba en el ’67 y empezó a acercarse al peronismo revolucionario. En el ‘69 se fogueó con el Cordobazo, y siguió en el peronismo de base. En el ’76 partió al exilio interno a Buenos Aires, ya siendo médico, con una mujer y dos nenas, y ahí empezó a trabajar en la contención de militantes que habían estado secuestrados. Tal vez para exhumar fantasmas propios, trató a exiliados del Paraguay de Stroessner y el Chile de Pinochet.  Y ahora, tantos años después, habla del cóctel que terminó con el cura abusador y todo su poder:

-Grassi tuvo la mala suerte de haberse topado tres pibes muy dignos que sostuvieron su testimonio hasta el final a pesar de todo lo que pasaron, unos pocos funcionarios judiciales honestos, y dos locos: Gallego (Juan Pablo, el abogado querellante) y yo.

-¿Tenía noción de dónde se estaba metiendo?

-Sabía que los chicos habían estado subyugados por esta persona, porque ejercía una constante ostentación de poder. Al poder político y económico, le sumaba ser el representante de Dios. Pero en absoluto tenia dimensión que era tan mafioso, y que tenía a tantas personas sometidas a sus manejos y tantos medios a disposición. Recuerdo que la jueza, cuando le dije que iba a asistir a Gabriel, me dijo algo así (no fueron sus palabras exactas): “¿Usted sabe en lo que se está metiendo? Al expediente lo ponemos en la caja fuerte pero igual se enteran de lo que está pasando”.

Al día siguiente de la emisión del programa, Grassi fue detenido. Estuvo veinte días preso. A los pocos días –cuando aún Gallego no se había presentado en la causa-, Stola dio un reportaje que fue tapa de una revista. No quiso que le sacaran fotos, tal vez intuía lo que todo eso iba a desatar. “Mi objetivo era decir ‘¡paren la mano, viejo!’. Era tan fuerte la agresión: Majul emocionándose en cámara mientras entrevistaba a Grassi; Grondona, tratando de discapacitado a Ezequiel; las maniobras del abogado Miguel Ángel Pierri; el diario La Nación, coherente defensor del cura. Eran personajes pesadísimos las 24 horas en los medios. Como un caso Ángeles, pero defendiendo al cura y atacando a los pibes.

-¿Cómo vivían Gabriel y Ezequiel esa maquinaria mediática desplegada en su contra?

-Era terrible. Gabriel entró muchas veces en el programa de protección de testigos. Cuando Grassi salió de esos 24 días preso, lo recibieron con una gran manifestación, como si fuera un héroe. El pibe entró en una crisis de angustia demoledora: él estaba preso, escondido, y el cura volvía a la fundación vivado. Era como el triunfo de Dios. En todos estos años, nosotros pedíamos que no apareciera en televisión, porque cada vez que lo hacía trataba de seducir a la audiencia, pero mandaba mensajes intimidatorios a los chicos.

-Usted acompañó a esos chicos durante esos años. ¿Por qué cree que no renunciaron a pesar de los ataques?

-Creo que a los tres jóvenes (por Luis, el tercer denunciante por cuyo caso no fue condenado) la sociedad les debe un homenaje. Gabriel y Ezequiel son dos personas muy dignas, y una vez que fueron escuchados y valorados pudieron apoyarse en ese polo positivo y resistir. Ezequiel tuvo el acompañamiento de su tutor, Aníbal Vega. Gabriel tuvo el apoyo nuestro, aunque por momentos se distanciaba. Hubo maniobras de todo tipo. A Ezequiel lo presionaron para retractarse, y a Gabriel, en una maniobra en la que estuvo metido el fiscal general de Morón Nieva Woodgate, lo hicieron renunciar como particular damnificado. Grassi hizo una reunión en la Fundación y dijo: “Nadie me acusa, esto se termina en pocos días”.

Aprietes

Año 2004. Gabriel vivía en un departamento muy humilde. Una noche, dos o tres tipos forzaron la puerta, le pegaron, le tajearon la mano, y le advirtieron que no iba a llegar vivo al juicio. Al día siguiente, a las seis de la tarde, Stola pasó por la vereda de su casa –vivían a pocas cuadras- y lo vio callado, mirando a un punto fijo. Cuando por fin Gabriel le contó, llamaron a Gallego. “Yo pensaba cómo se podía parar esa violencia. Este chico había perdido su fe en Dios, por el cura abusador, que para él era muy importante”.

Llamaron a monseñor Justo Laguna y a Jorge Bergoglio. No les fue muy bien. Laguna les dijo: “Yo le tengo mucho miedo a Grassi y le dije a mi hermana: ‘Si algo me pasa, es él’. Stola no contó aquello ante la prensa pero sí en el juicio, luego de jurar decir la verdad. Laguna lo desmintió en ese momento, cuando estaba al aire en un programa de televisión. Bergoglio nunca contestó.

“Yo tenía muchas ganas de encontrarme con este desgraciado en el juicio. Por todo lo que ideo para destruir a las víctimas, y además por lo que yo pasé. Las descalificaciones, la campaña por internet, las denuncias en mi contra, y las tres veces entraron a mi casa: en una me dieron una paliza, tuve un estrés postraumático de tres años. Me automedicaba, me despertaba con la imagen de los golpes y las amenazas, iba al gimnasio y seguía viendo al cura”.

Al poco tiempo lo contactaron por mail para pasarle información. Stola viajaba a Europa y le pidió a un amigo abogado que fuera. Era Carlos Telleldín, acusado por el atentado a la AMIA, que era uno de los abogados del cura. Les contó que él estaba encargado de infiltrarse en los mails, pero que la cosa pesada estaba a cargo de un tipo de la Bonaerense. “Lo denuncié en una fiscalía de Morón, pero la archivaron”.

-¿Cómo definiría el perfil psicológico de Grassi?

-No puedo dar una respuesta profesional, porque nunca lo evalué. Por lo que vi el último día en la audiencia, por lo que relataron los fiscales y abogados, por lo que generó sobre los pibes, es un tipo muy manipulador, con un muy mal manejo de sus emociones, tremendamente autoritario, con muchas máscaras, y terriblemente hábil ejerciendo el poder sobre las víctimas.

-¿Qué le dejó, como experiencia, su intervención en el caso Grassi?

-Me dejo escepticismo con la justicia. Sabemos que la justicia es una idea regulatoria en la sociedad, pero ahora tengo un prejuicio: para mí los funcionarios judiciales son sospechosos hasta que demuestren lo contrario. Y una más clara conciencia de lo que es el poder religioso. El poder y la dominación, y la mediocridad de tantos civiles que dejan para someterse al poder religioso. Y la alegría de que se logró la condena.

Stola vio con Gabriel la primera parte de la audiencia en la que se decidió que Grassi iría a la cárcel. Estaba pensativo, silencioso, esperando todo eso que terminara pronto. En el cuarto intermedio se angustió y se fue. Stola no volvió a hablar con él. “Es la situación de una víctima que está esperando salir a la vida”.