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17-3-2014|9:53|Lesa HumanidadEspeciales
Los juicios vistos por un escritor

Juicios x escritores: “La divina comedia y las formas jurídicas”

El escritor Fernando Alfón y el dibujante Juan Bértola fueron al juicio por La Cacha, en La Plata. Dieron testimonio, ese día, Oscar "Cacho" Molino y Patricia Pérez Catán. Ubicado en un antiguo teatro, el tribunal busca impartir justicia, pero también, allí, se representa.

Por: Fernando Alfón

No es la primera vez que Oscar “Cacho” Molino da testimonio ante un tribunal. Esperó varios años para hacerlo, de modo que no parece molestarle, esta vez, las cinco horas que demora en sentarse nuevamente ante un juez. Pidió varias veces disculpas por no escuchar bien las preguntas y el diálogo, de a ratos, parecía empantanarse.

En aquel entonces (el entonces por el cual testimonia) Molino integraba la comisión de la mutual del Banco Provincia de La Plata. El 17 de febrero de 1977 había ido al cine con su hermano y, al regresar a la casa, lo estaban esperando en la puerta. Solo lo llevaron a él, y se sorprendió porque ignoraba su delito. Lo encapucharon, le ataron las manos, lo guardaron en el baúl de un auto y lo llevaron a La Cacha. Una semana estuvo cubierto y esposado a un caño hasta que lo trasladaron a otro lugar; luego lo regresaron a La Cacha.

Tres o cuatro días más tarde decidieron interrogarlo: “¿Dónde están tus amigos montoneros?”, oyó entonces, sin salir del desconcierto. Las preguntas lo forzaban a cantar los domicilios de algunos empleados del Banco. Siempre supo que no lo habían sacado de La Plata, porque podía ver por una pequeña ventana y reconocer el paisaje. Recién lo liberaron el 30 de junio, más de cuatro meses después; lo soltaron en el bosque, le profirieron amenazas y no volvió a saber nada de sus captores.

Al igual que en otro testimonio, Molina reconoció los apodos de algunos de ellos y los nombres de algunos de los detenidos. Aseguró que, aunque encerrado, había tenido un trato distinto, y que con otros habían sido más severos. Recordó que entre las detenidas había dos embarazadas y que un día escuchó que un custodio entró y dijo “Tuvo mellizos”. Se trataba de María Rosa Tolosa, Machocha, a quien conocía de la bancaria. Después los recuerdos se desvanecen; le cuesta ser preciso y relatar, pero al concluir parece liberado.

 


 

Sucedió el pasado 12 de marzo y fue el primer testimonio del día, pero recién a las tres de la tarde. La jornada, al menos para el ilustrador Juan Bértola y para mí, había empezado a las diez de la mañana, cuando nos encontramos en los paredones de la Ex Amia. Llegamos temprano para no dejar de registrar uno de sus episodios más inhóspitos: la espera. La calle estaba vallada desde 51 hasta 53. Solo se podía ingresar caminando. No había mucho público en la vereda, más bien poco, como si la función fuera el debut de una compañía sin prensa. La comparación con el espectáculo no es una metáfora: el Tribunal en lo Criminal Federal Nº1 de La Plata funciona en un teatro. Considerando que La Cacha(vacha) sí es una metáfora, pensé, no está nada mal que la paradoja del destino juzgue a los brujos en un escenario.

Cuando abrieron las puertas de la calle, ingresamos al vestíbulo. Nos registramos en “La boletería” y nos pusieron una pulsera de papel azul: no éramos ni testigos ni familiares. Luego, en lugar de acomodadores nos aguardaban unos oficiales de la policía; nos requisaron a todos y en un rincón iban apilando bolsitas de plástico, perfumes, lápices labiales, desodorantes. Aún estaban de verano, porque todo lo hacían con holgura, entre comentarios debajo de la sombrilla.

Una vez dentro, había lugar para sentarse en cualquier parte. No se podía sacar fotos, pero la morosidad policial no advertía las furtivas. Tomé varias. Sobre el robusto escenario se había montado el modesto tribunal. Los muebles judiciales, de aglomerado enchapado, plástico y cuerina, contrastaban con los del antiguo teatro, de madera firme, hierro y cuero. En el arco resistía el enorme telón rojo, aunque ahora oscurecido por el polvo y las babas del diablo que olvidaban las arañas en la altura. Un cono de sombra, presentí, proyectaba el pasado sobre los contemporáneos.

Las tres primeras hileras de butacas de un lado de la platea habían sido desmontadas y erigido en su lugar una tarima, cercada por una reja, en la cual se acomodaron los imputados. Dos policías la custodiaban. En el otro lado de la platea se desparramó el público. Algunos insultos se cruzaron hacia la celda, pero musitados. El clima aún no era tenso.

El tribunal demoró casi dos horas en llegar y la espera agotó los dos termos que la querella, distendida, se pasaba de mano en mano. Parecían todos recién egresados y uno dijo, en un momento, “Voy al kiosco: ¡la revolución también se hace con caramelos!” y atribuyó la frase al Che Guevara. Miguel Etchecolatz, del otro lado, echó una mirada de soslayo, como si lo hubiera escuchado. Yo estaba en la segunda fila y los podía observar.

 


 

De pronto todos nos pusimos de pie: ingresó el tribunal. La defensa hizo un pedido de nulidad en torno al reconocimiento de unas fotos y ahí se suscitó una polémica que provocó un cuarto intermedio. Este juicio, pensé, será eterno. Por la tarde, luego del testimonio de Molino, llegó el de Patricia Pérez Catán, que también había esperado años y tampoco le molestó hacerlo unas horas más. Ahí las respuestas fueron más dramáticamente claras.

En un momento de su relato contó que, durante su cautiverio, le hicieron un juicio que contenía, incluso, la sentencia de un juez. Lo contó con sorna y calificó el proceso de “parodia”. No puedo prescindir de mencionarlo, pues ese testimonio revelaba un teatro dentro de un teatro. También contó que en La Cacha hacían simulacros de fusilamiento, pero justamente por ser ficciones –le dio a entender al juez– resultaban aterradores. Alrededor de las seis de la tarde llegó el momento en que Patricia debía hacer unos reconocimientos de fotos, y prefirió hacerlo en una parte más íntima del edificio y sin público. Ahí, al menos para mí, la audiencia terminó.

Desde que me senté, a la mañana, hasta que me fui, por la tarde, noté que uno de los imputados rellenaba constantemente algo que parecía un crucigrama, como si estuviera de domingo. Me llamó la atención, quizá era una forma de burlarse de las víctimas, aunque lo noté sobre todo aburrido; profundamente aburrido. Después de “Deutsches Requiem”, de Borges, y de Eichmann in Jerusalem, de Hannah Arendt, un cronista tiende a encontrar en un juicio, o bien la circularidad (torturador y torturado son la misma persona) o bien la banalidad del mal (el crimen fue burocrático y obediencia debida). En esta oportunidad parecía regir más bien el tedio. De pronto creí que hacerle daño a ese represor era, en ese momento, sacarle el crucigrama; dejarlo cara a cara con algo que, sencillamente, lo aburría.

En el prefacio a Cromwell, Victor Hugo escribe que, desde que el cristianismo universalizó la escisión entre el cuerpo y el alma, los seres humanos sentimos pena por nuestra condición y es tanta la melancolía por la belleza perdida que nos causa gracia: nace el imperio de la comedia. El arte, desde entonces, funde lo sublime con lo grotesco, lo divino con lo carnal, el bien con el mal: en un mismo drama se funde lo trágico y lo cómico. El juicio no era una representación, pero se desarrollaba sobre un escenario en el que el relato desgarrado de la víctima se encontraba con el esparcido crucigrama del victimario; el juez concienzudo, con el policía que cabecea de sueño; el familiar compungido, con el periodista que, de a ratos, posteaba en facebook su “estado de ánimo”. En un mismo momento el cielo, el purgatorio y el infierno.

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