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2-5-2014|10:12|Teatro Nacionales
Lesa Humanidad

Julio López: sus testimonios judiciales, en una obra de teatro

"Tito. Relato del que ocultó su vida y desapareció para contarla" cuenta el derrotero del testigo desaparecido. “No hay líneas poéticas ni dramáticas sino una criteriosa selección de los testimonios judiciales”, dice su autor. La obra empieza con la voz de un juez leyendo la acusación contra un genocida.

  • La otra tiene partes del testimonio de Lopez frente al tribunal Télam.
Por: Adriana Meyer

“López, no me fallés, sos el único que puede salir, andá, buscá a mi mamá, a mi papá, a mi hermano y dale un beso a mi hija de parte mía”, le dijo Patricia Dell’Orto al albañil que era su compañero de cautiverio en el Pozo de Arana durante la dictadura. Palabras muy similares dice la actriz en una de las escenas más conmovedoras de Tito. Relato del que ocultó su vida y desapareció para contarla, la primera obra de teatro sobre Jorge Julio López. Escenografía despojada, casi en penumbra, y cuando se levanta el telón se escucha la grabación de la voz del juez federal Carlos Rozanski leyendo la acusación del juicio que culminó con la primera condena a un genocida luego de la anulación de las leyes de impunidad.

Neftalí Villalba estudiaba la carrera de Teatro en la Universidad de Cuyo y tenía que rendir finales de varias materias. Para Dramaturgia uno de los temas a abordar eran los desaparecidos pero Nefi, como lo llaman casi todos, quiso contar una historia diferente. Hacía pocos días habían marchado por el sexto aniversario de la desaparición del testigo López, quien acusó al genocida Miguel Etchecolatz en el juicio oral de 2006 y el 18 de septiembre de ese año, horas antes de la audiencia de alegatos, desapareció por segunda vez, tras haber sobrevivido a su secuestro, el 27 de octubre de 1976. “Me pareció más cercana esta cuestión”, cuenta Villalba a Infojus Noticias. Su padre, Jorge Villalba, había encarnado un personaje en la película La Patagonia Rebelde, y al poco tiempo recibió una carta con amenazas de la Triple A, además de que uno de sus hermanos fue torturado. “Lo de López era ese miedo de ellos que volvía, como una advertencia, un mensaje de la fuerza militar”, dice. Si bien había participado en el Centro de Estudiantes nunca lo hizo de manera orgánica, pero a partir de la obra sintió que era “una forma de empezar a hacer militancia”.

Luego de utilizar el texto para rendir varias materias más, Villalba armó un grupo y presentó la obra en colegios. “Tuvo una finalidad didáctica para adolescentes de 13 a 16 años, es corta, dura media hora, y los chicos lejos de bardear, como suele ocurrir, la vieron muy atentos, hacían preguntas o contaban que eran nietos o sobrinos de alguien víctima de la dictadura. Fue como un refuerzo del plan de historia, que casi no habla de aquellos años”, recuerda sobre la primera experiencia de Tito en escena.

Villalba vivía con un compañero músico, hijo del historiador y escritor chubutense Jorge Ordiola, quien también hacía teatro independiente para adolescentes. Le hizo llegar el texto de su obra porque ya no contaba con los recursos para seguir montándola. “Me encantó, tuve las mismas imágenes, y entonces me dijo que la siguiera poniendo yo en escena. López es un tema que nos moviliza, desde el juicio y su desaparición”, dice Ordiola. Y cuenta que le hizo algunos cambios, “le agregamos escenas y música, agudizamos ciertos conflictos”.

En una escena de la obra suena la marcha de San Lorenzo, el represor energúmeno canta “al viento desplegado su rojo pabellón” y aparece su jefe, se enoja, lo humilla diciéndole que no puede cantar sobre “ningún sucio trapo rojo”. Luego se pone un overol azul con un escudo argentino, como un símbolo del grupo de tareas. “Esta escena genera risas y está entre el secuestro de López y la violación de una detenida, dos momentos de mucha tensión”, dice el director. El represor subalterno manda en un sótano, es dueño de la vida y los cuerpos de los detenidos, habla por teléfono, se burla de su jefe pero cuando llega se cuadra mientras éste lo basurea, se somete, no son socios sino esclavo y amo. En otra parte de Tito, tal el sobrenombre de López, el genocida Etchecolatz habla al público y repite el texto justificatorio de su accionar represivo tomado de aquella discusión que mantuvo hace años en televisión con Alfredo Bravo.

El acento de la obra está puesto más en el primer secuestro de López que en el segundo, y Ordiola admite que el duro personaje del represor tiene más texto que López. “Está la dictadura y la memoria por encima de López, aunque al final está su denuncia, sus palabras al tribunal ‘para que el mundo sepa lo que pasó’, y se lo lleva un policía desde atrás, en público”, describe sobre la última escena que protagoniza quien representa a López, el actor Silvio Musacchio.  “Agudizamos la perspectiva del desaparecido que fue a juicio y pudo revelar lo macabro de la dictadura, pero el represor no copia a Etchecolatz, ni el reprimido lleva la gorra de López. La actriz Matilde Murúa, la conciencia de Tito, habla por momentos en primera persona, pero luego hay sólo símbolos, poca escenografía, un cuadrado abstracto marcado con tiza delimita el campo de exterminio, la picana es el dedo índice, no hay un elástico sino un banco, un coro griego de marchantes son mujeres sin pañuelo que llevan cartulinas en blanco por los hermanos, hijos o compañeros que perdieron, y se meten entre el público”, agrega Ordiola. La única que aparece, va y vuelve es Patricia. “No quiero que me maten, quiero criar a mi hija”, dice como dijo Dell’Orto a López antes de ser asesinada. “No hay líneas poéticas ni dramáticas sino una criteriosa selección de los testimonios judiciales”, dice sobre el texto del joven autor mendocino.

Ya en su etapa chubutense, la obra se volvió a estrenar el 19 de junio de 2013 en el Centro Cultural Melipal de Esquel, protagonizada por los actores de Picaporte, un grupo formado para la ocasión. Murúa, miembro de la Red x la Identidad de Abuelas de Plaza de Mayo en Esquel, es el “personaje” encarado como la conciencia de López, que lo acompaña en su primera desaparición y en el juicio. “Tratamos de despersonalizarla, que no sea sólo de López. Aunque está escrita en base a sus testimonios también aborda el gatillo fácil, la trata de personas, las deudas de la democracia”, explica Murúa a Infojus Noticias. De hecho, las pancartas blancas sin rostros podrían ser un reclamo por los desaparecidos de los '70 tanto como por los de hoy. El elenco armó luego una gira que comenzó en el teatro Escobar -en el marco de las Jornadas sobre Memoria, Verdad y Justicia, y donde la presenció Ruben López, el hijo del testigo desaparecido- y siguió por Haedo, Caballito y La Plata. “La gente queda muy shockeada cuando termina la función, es muy fuerte, pero ni mas ni menos de lo que es la realidad”, apunta la actriz.

El grupo planea volver a presentarla en Buenos Aires durante el segundo semestre de este año, y también está invitado a Trelew, Puerto Madryn y Bariloche. “Elegimos temas políticos y lo hacemos sabiendo que un sector de compañeros teatreros piensa que puede ser panfletario. Hay quien prefiere el acento en lo experimental o lo estético. Nosotros privilegiamos el contenido. El grupo”, dice Ordiola,  “está compuesto por psicólogas, docentes, un compañero docente que es sobreviviente de la dictadura y en una parte de la gira tuvo el desafío de encarnar al represor, y además hay actores”.

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