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30-10-2013|14:03|Ley de Medios Opinión

La legítima pertenencia

A partir del fallo que dictó la constitucionalidad de la Ley de Medios, el rector de la Universidad Nacional de San Martín reflexiona sobre un texto escrito en 1846 por el filósofo danés Soren Kierkegaard: La época presente.

  • Carlos Ruta, en la audiencia pública por la Ley de Medios. Leo Vaca
 

Hay momentos en la historia de las sociedades en que la coyuntura o las contingencias de los hechos, de las disputas, de las migajas del hacer humano o de su mezquindad, no permiten entrever aquello que los acontecimientos ponen en juego. El debate instaurado en torno a la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual ha sido intencional y reiteradamente obnubilado en muchas de las dimensiones más graves que allí se agitan. Las turbulencias del conflicto muchas veces levantan arenas que no dejan ver con claridad el horizonte más decisivo de los problemas. Por ello parece esencial volver una y otra vez a inaugurar una reflexión en el corazón de la sociedad sobre aquellos temas en los que sus convicciones y sus sentimientos son centrales para sostener las decisiones comunes. En tal sentido la referencia a la experiencia histórica nunca deja de ser fecunda: resulta interesante, en el caso de esta Ley, repensar un texto que escribiera en 1846, dos años antes del manifiesto comunista, el filósofo danés Soren Kierkegaard: La época presente.

Aquella obra constituyó para muchos, como afirmaba Karl Jaspers en 1931, “la primera crítica acabada de su sociedad, distinguiéndose por su seriedad de todas las precedentes… su crítica es la primera que oímos como una crítica también para nuestro tiempo; es como si hubiese sido escrita ayer”. Las comparaciones inmediatas o los paralelos irreflexivos, siempre resultan en imágenes que trasuntan la misma superficialidad que ejercen. De todas formas, el esfuerzo por repensar los ejes sobre los que se articula la crítica cultural que elaborara Kierkegaard siempre puede resultar sugerente o provocador de nuevas miradas.

No deja de sorprender el hilo conductor que vincula algunos de los nudos sobre los que piensa el autor danés: para Kierkegaard su tiempo “es la época de la publicidad, la época de los misceláneos anuncios: no sucede nada, y sin embargo hay publicidad inmediata”. Ello se enraíza en las fuentes de un período que estaba caracterizado para él como una “época desapasionada”, sin “acontecimientos ni pasión integrada”, un tiempo que pretende consumir sensatez pero construida de vacilaciones, de astucia infantil, de cálculos indolentes. “La aventura del entusiasmo” cede su lugar de esta forma a una sensatez que simula ir hasta el límite más extremo del peligro sin siquiera rozarlo. Entonces resulta que “se han transformado las tareas en una actuación irreal, y la realidad en un teatro”, por ello, finalmente, “todo se ha convertido en una dramática broma”.

El otro costado de tal situación consiste, para Kierkegaard, en la mutación que convierte o reduce al ciudadano en mero público. “El ciudadano ya no es parte… sino tan solo espectador”. Por público se entiende aquí ese “fantasma “, ese “verdadero maestro de la nivelación” al que la prensa ayuda a construir. Su posibilidad se funda no en menor medida en la ausencia de lo común, de un bien común compartido que construya comunidad: “Sólo cuando se carece de una fuerte vida comunal que dé cuerpo a la concreción, entonces la prensa creará este público abstracto, compuesto de individuos insustanciales que jamás se unen o podrán ser unidos en la simultaneidad de una situación u organización y que, sin embargo, se sostienen como un todo”. Esa totalidad resulta alienante y destructiva para cada individuo. Pues la nivelación se vuelve “un deseo decadente”, la “decadencia de una época desapasionada” en la que “cada vez más individuos aspirarán a ser nada”.

El nudo de las reflexiones de Kierkegaard ponen en evidencia los desafíos impuestos, y los peligros latentes, al intentar construir “lo común”; aquello que pueda amalgamar una comunidad. Mirado desde una perspectiva de alcance temporal más amplio, el debate en torno a la comunicación en la sociedad contemporánea y sus enlaces con el poder se vinculan indudablemente con las observaciones del pensador danés. Sin obviar todos los matices que esta consideración requeriría, una dimensión de este problema puede que estribe en lo que el mismo Kierkegaard señalaba al comparar su tiempo como una época desapasionada con la época de las grandes y buenas acciones como un tiempo ido. “La época de los héroes ha pasado” advertía. Decepcionado por su tiempo, pero convencido del valor y la potencia de la verdad, declaraba provocativamente: “…no queda ningún héroe, ningún amante, ningún pensador, ningún caballero de la fe, nadie magnánimo, ningún desesperado que valide estas cosas por haberla vivido en forma primitiva”. Y no es que Kierkegaard fuera ciego a los esfuerzos personales o grupales de muchos de sus coetáneos, sino que batallaba contra las imágenes puestas al servicio de esa nivelación que “ahoga y frena”. Ese motor de la apatía de quienes no tienen raíces, de quienes han aceptado ser reducidos a la abstracta “opinión pública”. Sin nada común sustancial. Aquellos para quienes “las tareas existenciales de la vida han perdido el interés de la realidad” y por ello no pueden madurar ninguna decisión. Carecen de la potencia de una comunidad propia. Han consentido ser arrancados de su “legítima pertenencia poética”. Esa potencia que permite a una sociedad imaginar autónomamente sus sueños y bregar por concretarlos.

Para que ello sea posible es esencial que podamos pensar y hablar genuinamente, desde nosotros mismos, sin la imposición de matrices de opinión. Es el desafío de ser nosotros mismos. Siempre diferentes, siempre plurales. Y por ello necesitados de todos los rostros, de todas las voces, para enfrentar libremente un destino común.

Estamos convencidos de que el debate en torno a la comunicación toca un nudo vital de la sociedad contemporánea. Por ello nos coloca en el desafío de la decisión que nos enfrenta a la alternativa grave y definitoria: o “los poderes salvajes” o las instituciones de garantía de los derechos fundamentales del ser humano.
 

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